Talib Sheikh y Mark Richards nos avanzan qué podría deparar 2021, un año que marca el inicio de una nueva era con reminiscencias del pasado. A medida que nos aproximamos a los límites de lo que pueden hacer los bancos centrales para estimular el crecimiento, el testigo pasará a manos de los gobiernos.

 

Hemos vivido un auténtico terremoto en la economía mundial y el suelo todavía está temblando bajo nuestros pies.

 

No resulta fácil decir cuándo se estabilizará todo. Las vacunas contra la COVID-19 podrían señalar el final de la crisis sanitaria, pero el daño infligido por la pandemia sigue causando estragos en la economía mundial.

 

La respuesta a la crisis mediante las políticas de los bancos centrales y los gobiernos en todo el mundo ha sido enorme. No habrá una vuelta sencilla a los días anteriores a la crisis: el panorama fiscal y monetario ha cambiado.

 

La historia económica está salpicada de puntos de inflexión generacionales y estos acontecimientos podrían resultar ser tan trascendentales como el abandono del patrón oro en 1971 o la llegada de Paul Volcker a la Reserva Federal de EE. UU. a finales de la década de 1970, con la subida de los tipos de interés hasta el 20 % (fuente: Bloomberg).

Ya se han operado profundos cambios

Ya se han desencadenado dos profundos cambios. El primero es que la mayoría de los bancos centrales de los mercados desarrollados ha cambiado la forma de instrumentar su política, esencialmente aceptando que tienen un modelo menos sólido para determinar cómo se genera inflación.

 

Históricamente, los tipos de interés se fijaban en función del nivel en el que los bancos centrales esperaban que se situara la inflación en el futuro, pero el vínculo entre crecimiento, empleo e inflación se ha debilitado. Existen tantas dudas a la hora de prever la inflación que los bancos centrales van a ser más reactivos que preventivos a la hora de fijar los tipos de interés y probablemente utilicen herramientas cada vez más innovadoras para alcanzar los objetivos de inflación.

 

El segundo cambio es la magnitud de la intervención de los gobiernos: el estado ha dado un paso al frente para garantizar el grueso de los préstamos bancarios desde el inicio de la pandemia, al tiempo que nacionalizaba de facto los salarios de amplias franjas de la población trabajadora mediante los programas de protección del empleo.

 

A medida que nos acercamos a los límites de lo que los bancos centrales pueden hacer con la política monetaria, los gobiernos están recogiendo el testigo para estimular ese crecimiento que será vital para que las economías se recuperen de la pandemia. Cabe esperar que las políticas monetarias y presupuestarias agresivas coexistan durante años.

Cambios estructurales en la economía mundial

Los impuestos bajos, la desregulación y la desindustrialización han provocado que durante décadas el crecimiento económico haya beneficiado a los propietarios del capital en detrimento de los propietarios de la fuerza de trabajo: los beneficios empresariales han aumentado, mientras que los salarios se han estancado. Después de la crisis esperamos que los gobiernos de todo el mundo se centren en «arreglar el sistema». Las señales más evidentes de ello, junto con el persistente gasto a golpe de déficit, serán las subidas de impuestos y la amenaza de regulación, principalmente de los oligopolios tecnológicos. Probablemente eso contribuya a reducir en cierta medida la rentabilidad empresarial.

 

Por último, tras un periodo de guerra comercial y desglobalización, pensamos que una administración Biden tratará de mejorar la cooperación internacional y eso será positivo para la economía mundial. No obstante, debemos recordar que ya está produciéndose una fragmentación regional, de tal forma que América, Europa y Asia están formando tres bloques comerciales. El ritmo de la desglobalización se frenará, pero es improbable que se invierta.

Una nueva era, con reminiscencias del pasado

La pandemia probablemente desaparezca en 2021, pero dejará tras de sí un mundo diferente. Muchos de los problemas que han azotado a la economía mundial durante los últimos diez años, especialmente el exceso de deuda, se han agravado con la crisis. Para responder ante ello, los bancos centrales y los gobiernos se han comprometido a realizar esfuerzos cada vez más innovadores para reactivar el crecimiento y la inflación en el sistema.

 

Nos encontramos en un nuevo mundo donde nadie puede estar seguro de cómo evolucionarán estos cambios. Por eso creemos que un enfoque de inversión flexible es la mejor forma de generar rentas o rentabilidades totales a partir de un amplio abanico de activos en los mercados internacionales. Aunque pensamos que el mundo será un lugar mejor para vivir en 2021, nadie debería pensar que regresaremos al mundo que conocíamos antes de la pandemia.

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